Al principio...


Vivimos, o así me parece, una época un tanto convulsa y necesitamos o mejor: necesito obligarme al ejercicio gimnástico, y no precisamente al estético sino al ético. Necesito hacer ejercicio de prudencia, de templaza, de fortaleza, de responsabilidad, de rigor, de entereza, aunque también de arrojo, de esfuerzo, de audancia, de ardor y de quién sabe cuantos otros "músculos" que pueda tener atrofiados. Este espacio, esta "quinta columna" tiene vocación de "banco gimnástico" y por más barbaridades que escupa o vomite, tibiezas por los que me deje llevar o lisonjas merecidas o inmerecidas regale, será mi cuerpo, será mi alma la que habrá de sufrir o gozar. ¿Religión, filosofía, salud mental? Que cada cual coja su "banco" o su cruz y participe con ilusión de la olimpiada de la vida.



viernes, 29 de junio de 2012

Los carteles de la agonía.


Ejercen un poder magnético sobre mí, son esos pequeños mensajes inscritos sobre modestas cuartilla adheridas con “fixo” a un simple muro, presencias incomodas de breve lectura, sin maquillaje alguno, directos, concisos, precisos, con pocos adjetivos, sólo lo substancial o lo sustantivo. Son pequeños gritos de voces apagadas, urgencias o preurgencias que buscan conexiones entre iguales, que hacen el difícil oficio de conjugar dignidad y necesidad. Instalados como el imperceptible sedal, el anzuelo del humilde pescador que no altera ni atenta  contra el remanso de la charca, que confiando y paciente espera y espera.

Algunos son una secuencia, casi una película descriptiva, un drama sin música ni palabras entrelazadas de admirables cadencias poéticas. A las “ofertas” le secunda “liquidación”, a la liquidación “se traspasa” y al traspasa “se vende” “precios muy económico”. A los habituales carteles de pequeños negocios venidos a la ruina, se sumaron las de los chicos y chicas, los estudiantes que tenían que compartir piso para poder asumir un alojamiento. Hoy, otros dos se suman a mi colección particular de voces sin voz. “Se vende canario amarillo y verde”, alguien que con mucha dulzura y amor crío a frágiles criaturas que le alegraron los días, no le queda más remedio que desprenderse de su única e imprescindible compañía; la depresión lo ha llevado al desafecto. Finalmente otro cartelito arrebata mi atención y me sume en una profunda tristeza, dice así: “Agradecería comida para mis hijos”, sólo le acompaña un anónimo número de teléfono móvil. 

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